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La complejidad de la vida es un magma en el que nos movemos todos. De cómo ir penetrando ese magma se trata este estudio que gira fundamentalmente alrededor de trabajo de Gilles Deleuze debatidos en los seminarios de los viernes, donde varios intentábamos volver más dóciles y accesibles conocimientos de profundo alcance. Fuimos asistidos por Lawrence, Kafka, Miller, Beckett, Lispector, Woolf y tantos más. Sade y Masoch llegaron a la cita y también vinieron a nuestro auxilio Klee, Cézanne, Kandinsky, Bacon, Kupra, cuando se nos evaporaban los hilos que entretejían un adentro que emerge inevitablemente y un afuera que se desparrama violentamente.
Todos debemos tomar la vida para levantar nuestra fuerza vital, pero penetrar la vida no es un arduo debate discursivo, ni un trabajo de resignación, ni de pasividad, ni de impulsividad alocada y ciega, ni de reflexión permanente frente a la pared o al oído de un amigo, ni se hace esforzando a la razón para explicar cualquier cosa que sucede, manteniéndonos en la linealidad de los hechos. Hay que meterse en el tuétano de la vida a través de un proceso de experimentación con lo más profundo de mí mismo, mis sensaciones. Es por una vibración física y una captación mental, que levantaré la fuerza de mi pensamiento, le firmeza de mi acción y la serenidad de mis afectos. Debo aprender a atravesar planos de conocimiento, entrever el alcance de las acciones y vislumbrar las multiplicidades que me impregnan. Tal vez en esa búsqueda dejemos de ser complicados para volvernos lo que somos, complejos.
Estamos cada día frente a un gran viaje, no habría buena calidad de vida sin asistir a ese viaje o escamoteando la inversión que tal viaje nos pide.
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