¿Qué hacen las diferentes teorías psicológicas ante el sufrimiento de una persona que urgida de dolor pide una cita con un terapeuta para que la ayude a salir de un problema, para que la calme, para que la consuele, para que le enseñe lo que hasta ese día no comprendía de la vida, para que la asista frente a un gran desafío porque la vida pide más de él o por que algo de la vida se acaba de cerrar para él? ¿Qué hacen las distintas teorías vigentes con un síntoma, con un conflicto, con un cuadro de inhibición? Las personas van y vienen por los consultorios sin saber fehacientemente qué les pasa y cómo hacen las teorías de los que sus terapeutas son fervientes seguidores, para encaminar lo que a ellos les pasa. ¿De qué hablamos cuando hablamos de miedo, seducción, control, crueldad, manipulación, devoración, vampirismo, carencia, abandono, más allá de la patología que tenga cualquier paciente? .Tenemos un gran camino por delante, vamos a hablar de qué cosas suceden en el psiquismo de una persona cuando se inicia tal o cual sufrimiento, qué pasa por el mapa interior que nos hemos trazado, por qué se vuelven previsibles las conductas y ciertos desenlaces también.
¿A qué se llama trauma?
¿A qué se llama fortaleza de una personalidad?
¿De qué está hecha la debilidad de una persona?
¿Por qué las personas no mejoran?
¿Por qué no tenemos mejores versiones de nosotros mismos?
¿Por qué si las personas no mejoramos tenemos tanta tendencia a empeorar?
¿Por qué cuando vemos una falsa solución la tomamos como solución?
¿Somos conscientes cuando trabajamos para readaptar y cuando trabajamos para liberar?
¿Trabajamos para que se calme o libere?
¿Le damos al paciente la opción de que elija? ¿Usted se quiere calmar o se quiere liberar? ¿O nosotros tomamos la decisión de antemano?
¿Qué es que alguien se cure?
¿Qué significa ser un terapeuta eficiente y por qué un paciente deja el tratamiento?
¿Qué hice yo para qué un paciente me diga “no quiero volver más”?
¿Qué es lo mínimo que un paciente necesita en este tiempo de mí?
¿Cuándo un tratamiento deja de funcionar? ¿En qué momento el trabajo está concluido?
¿Cómo será esa última sesión de una terapia en la que se decide el final por una llegada a un puerto, no por una interrupción abrupta? ¿Con esto que hemos trabajado es suficiente? o ¿Usted puede seguir sin mí? ¿Tenemos que dejar porque un problema está solucionado, ó porque un paciente ya está en condiciones de seguir luchándola sólo, o por que no hemos logrado ni una cosa ni la otra?
Es necesario tener en nuestra mente algunas preguntas esenciales antes de iniciar un viaje terapéutico, ya sea para quien conducirá o para quien será conducido. Las buenas preguntas orientan eficientes rutas a seguir.
Ya Freud decía que la debilidad se genera por efecto del traumatismo. Nietzsche agudizaba la visión y decía que la debilidad es la cobardía para vivir luchas, para enfrentar las coyunturas que nos pasaron y lidiar con la vida a pesar de eso. Toda debilidad está hecha de incapacidad de lucha. Vivimos enjaulados dentro de un sistema sociocultural que justifica con demasiada licencia a la debilidad.
Tendemos a pensar: “No, pobre, porque no puede”. Ejemplo peligroso con un paciente: “Pobre, con todo lo que le pasó”, “ese pasado que vivió es terrible de superar”. El paciente puede adquirir sobre su problema una perjudicial lástima por sí mismo y cuando un paciente empieza a tener lástima por sí mismo, sus defensas bajan y su capacidad de lucha disminuye. Las defensas comienzan a funcionar de modo muy primario y se vuelven “auto referenciales”, proyección o introyección entran a escena y con ellas la instalación de una actitud ante la vida muy difícil de mover a medida que pasa el tiempo: “Yo soy un desastre, no sirvo para nada”. “El mundo es el culpable, todo se puso contra mío”.
Nuestro propio cuerpo late en medio de un fluido permanente, nuestra mente traza un movimiento incesante. ¿Cómo puede ser que desde el fluido se arme una rigidez, que desde el movimiento se instale lo fijo, lo inamovible? ¿Qué es eso tan rígido que va atrapando a los seres humanos y que amenaza dejarlos estampados contra una pared? Eso es la cultura, el aparato de control de las formas y las morales prendidos a cada célula de nuestro cuerpo. Hay un mundo de normas y mandatos sumamente heterogéneo y escurridizo que tiene capas invisibles y potentísimas abrochándose a nuestra mente y rigidizando nuestro cuerpo, mucho más de lo que nosotros podemos imaginar. Esas leyes están adentro del cerebro regulando la velocidad de sinapsis, dentro de las células anteponiéndose a los movimientos, dentro de la lengua regulando nuestras palabras, dentro del alma dictaminando nuestros sentimientos.
Son sistemas de ideas inconscientes profundas con las que somos bombardeados todo el tiempo y contra las que nunca adquirimos una real capacidad de lucha, porque las teorías que hemos engendrado para protegernos de nuestros dolores, más de una vez han resultado nefastas para mirar el verdadero color de la vida. Las teorías psicoanalíticas cuando se inclinan a encaminar todo el cemento de la rigidez humana o el líquido viscoso de la locura en papá y mamá, destrozan la potencia de visión de la existencia: versiones demasiado pobres de mamá y papá aumentan los problemas en vez de resolverlos. Las teorías sistémicas y cognitivas también muestran sus limitaciones para mirar la complejidad del adentro familiar y para encaminar conductas atadas a condicionamientos familiares y a equilibrios sistémicos muy primarios. Cada teoría avanza y se detiene, fracasa y respira dentro del movimiento de la personalidad, que siempre amenaza con el no cambio y el empeoramiento de las cosas a lo largo de los años.
¿Cómo se desmonta el aparato de rigidez? Con el trabajo sostenido de personas que si van logrando abrirlo, lo hacen para muchísimas personas de su entorno y si son artistas, lo abren ya no muchas veces para si mismos, sino para el mundo entero, como una contracultura que abre las mentes y la sensibilidad desde la pintura, la literatura, la música, fuentes de la vida misma.
La enfermedad es la suma de nuestras acciones para tratar de imponer nuestro proceso de miedos y bloqueos sobre el proceso vital, pero la vida fluye hacia la vida, aunque tenga que pasar por sobre nosotros mismos y arrasarnos si es necesario.
Esta estructura rígida de toda personalidad, está hecha de estratificaciones, de capas de diferentes broches culturales que están presentes en toda la historia del hombre. Se llegaría a la curación en tanto se vayan abriendo estos procesos, no de forma lineal capa a capa, sino de forma compleja por acción sistémica de desmantelamiento de nudos.
¿En qué consiste la habilidad de un paciente para curarse? En que esté absolutamente dispuesto a pagar todo lo que hay que pagar para modificar algo.
Por qué situaciones tendría que atravesar un terapeuta? Haberse animado consigo mismo, saber cuáles son sus venenos, en que puede ayudar y en qué no, cuáles son sus propias trampas para no hacer caer al paciente en ninguna de ellas, conocer al máximo sus limitaciones, usar sus habilidades y abstener a un paciente de sus propias debilidades. Debe, además, tener la habilidad suficiente para no perderse las grietas que un paciente abre y saber entrar en ellas para desmontarlas, sin empeorar las cosas.
Solo así es como el paciente estaría en condiciones de dar un paso hacia el vacío y tocar el territorio de su curación. El terapeuta debe tener conciencia del alcance de sus acciones y del tope de sus intervenciones. Nada se puede prometer, como tampoco hay nada para augurar. Solo caminos para transitar con cautela.
La energía del terapeuta se juega en la capacidad de presencia que tenga frente a su paciente, el filo con el que la claridad de su pensamiento avance. Este es el trabajo que tiene consigo mismo y no todo terapeuta está dispuesto a pasar trabajos de concentración y percepción, de reflexión y entrenamiento no siempre prometedores y siempre inciertos.
¿Cómo un ser humano empieza a creer en sí mismo? Olvidando su pasado y avanzando hacia delante. ¿Cómo un ser humano pisa con fuerza su presente? Sin usar la justificación como explicación de sus inhibiciones y postergaciones.
Movimiento y forma enlazan la vida humana. La vida necesita la materia para manifestarse, la materia necesita del fluido para evolucionar. Materia y movimiento se entretejen, la forma necesita el fluido para ir mutando, para que todo vaya desarrollándose.
El ser humano tiene tanto temor a ese movimiento incesante de ganar y perder que detiene a veces el logro de la forma en el establecimiento de su quiste, o acelera un fluido que todo lo licua, incluso a él mismo. Sobre este vaivén se monta el aparato de cultura, el sistema político, la matriz económica, el aparato de la organización de la vida para detener la forma, regular el fluido y consolidar las estructuras. En este alocado oscilar se va armando la conformación de 2000 años de historia humana.
Toda enfermedad afectiva amenaza con un franco deterioro de la persona, la mezquindad y el desagradecimiento llaman detrás de la puerta a sostener un gran narcisismo que como globo vacío aísla al ser humano de su entorno, de su prójimo, de la absoluta realidad que le toca vivir. Alejado de la reciprocidad, camina un hombre amenazado de pereza, siempre por ser invadido de resentimiento, siempre al borde del odio y de la sed de venganza. Con esa receta entre la tortura neurótica y el encapsulamiento narcisista, va este humano, andando un camino rígido y perezoso, indiferente u odioso, justificado siempre, desagradecido habitualmente, mezquino más de una vez, desesperado y consternado a cada paso, falto de amor y voraz, viste todas las mañanas el ropaje de sus carencias asumidas o no y se dispone en algún momento del día a sentarse frente a un terapeuta para desplegar esta falta de mundo, este vacío de ser, esta administración de sus miedos, estos sueños que nunca se realizan y estas realidades que jamás lo contienen.
Lo que cada persona trae con ella ya está enfermo, nacemos en un mundo que padece de lo que padecemos, que se ataca a sí mismo, que es indiferente a su propio dolor. Medio ambiente y persona están enfermos de lo mismo, en un campo resonante en el que ambos se producen y reproducen incesantemente.
Muchas las teorías psicológicas elaboran cómo me he enfermado por le que le pasó a mi madre y a mi padre conmigo, por lo que no elaboré de mis traumatismos, por mis afectos contenidos que debo expulsar, por mis conductas desacertadas que debo reencaminar, por mi funcionamiento en un sistema en el que me debo reposicionar. “Papá me abandonó y mamá me devoró”. Yo puedo desatar ese nudo con una terapia que practique tan o cual teoría para su curación, pero la actividad ante la vida, mi lucha por la vida, la plenitud con la que logre sentir la vida en mí, no va a avanzar ni un centímetro, si cada persona pasa toda su existencia usando cada experiencia vital fuera del desafío que cada presente pide de ella. Cada experiencia de vida no me remite a mamá y a papá sino que pasa por mamá y papá para remitirme a mí mismo, a planos cada vez más complejos que me informan donde estoy atado, a qué respondo, cuál es el color de mi debilidad y la sabia de mi vitalidad.
Guattari[1] decía que bien podíamos usar toda la vida para que “mi palabra sea la misma en todos los planos en que me produzco y me expreso”, o al decir de Deleuze[2], “una sola y misma voz para todas las voces”. Podemos buscar algún grado de verdad en la relación con la madre y con el padre, pero ¿La busco en la relación con mi pareja, con mis hijos, con mi enemigo, con mi amigo? ¿La busco en la relación con la vida? O, por el contrario: ¿La busco en un plano y en otro la corto porque me exigirá una postura, un testimonio, que sólo prefiero arreglar con el pasado, pero no con el esfuerzo que requeriría el presente? Hay que saber levantar la micro escena que tengo en el presente y en la que estoy aquí y ahora, ya que contiene la escenografía de toda la combinatoria de planos que me constituyen y ante los que debería responder para ser más saludable. En cada escena de peso vital, está gran parte de la combinatoria de vida que hay en mí, de lo que tendría que desatar y de lo que tendría que apuntalar.
Toda escena vital está poblada de personajes, está hecha a base de variados puntos de vista. Yo soy uno entre todos, pero también soy todos los personajes que están en la escena que vivo, porque de hecho es mi escena. ¿Qué nos pasa que nos quedamos fijos en un personaje? ¿Por qué tanto apego a mi versión? ¿Por qué no soporto el flujo de versiones en las que estoy inmerso, sin volverme tirano, déspota, esclavo, derrotado o sanguinario? Si soy todos los personajes de una escena no soy victima ni victimario, soy un personaje entre todos y mi razón, una razón entre todas que habrá que pesar. Hay efectos múltiples e intereses varios. ¿Qué es la enfermedad? ¿De qué se trata la psicopatología? De las estructuras fijas que arma la personalidad para sostenerse atada a un punto de vista y tener una suerte de locura organizada, un potable y aceptable desvarío mental que salve de la locura que nos vuelve incompatibles con la vida social y nos promete un hacinamiento. Cortamos el fluido entretejido de la vida y de la mente humana porque no somos lo suficientemente fuertes, dignos y sobrios como para pesar diversas versiones de mundo y pagar por nuestros errores. No queremos renunciar a ese rédito del ego que nos excusa siempre de lo que hacemos y nos entreteje de fantasías que trazan un procedimiento de salvación o defunción para nuestras conductas y nuestros sentimientos.
Podría ser capaz de sostenerme varios planos, en los variados puntos de vista que me muestra lo que me rodea sin aniquilarme y sin enloquecerme. Soy terapeuta, recibo a un paciente ¿estoy dispuesto a acompañarlo, puedo acompañarlo? A veces no, porque el paciente puede ser capaz y estar dispuesto a llegar a un plano al que no iríamos ni con nuestra mente y menos con nuestra sensibilidad. También a veces el paciente no quiere llegar por donde nosotros empezaríamos. Allí no hay encuentro posible, ni ayuda consistente.
La cultura es el conjunto de sistemas políticos, económicos, religiosos, familiares. Estos sistemas organizan cómo voy a hablar, qué hay que hacer, qué está permitido y qué no está permitido. Esa cultura también organiza el procedimiento con la sexualidad y la acota en todos los sentidos. La vida sexual es todo, es la actitud que yo tengo en la intimidad y la actitud que tomo frente a la vida, es el sexo que le hago a la vida y el amor que le hago a cada acto de la vida. En nuestra enfermedad buscamos qué hacer para tener mejor sexo y así liberar una energía que suponemos contenida. Hacer mejor vida, es hacer mejor sexo.
La persona psicológicamente afectada, no puede imbuirse de un conocimiento que modifique su vida a medida que lo va aprehendiendo, enlazándolo a sus vísceras. Pero toda persona aún afectada de mucho dolor, debe intentarlo. Aprender verdaderamente es una tarea muy difícil de hacer. Por eso hay que plantearles a los pacientes, qué esperan de una terapia, de un encuentro. ¿Cómo quieren que el terapeuta le trabaje y para lograr qué? ¿Puede sostener un paciente lograr lo que pide? Que todo paciente elija hasta dónde se quiere cuestionar y hasta dónde quiere aprender. Todo conocimiento es riesgoso, suma pero también pide de la persona que lo toma. Y si uno persona no se coloca a la altura del conocimiento que recibe, el conocimiento como un sabio ofendido dentro de él, se cierra y deja a la mente más rígida de lo que estaba. Un terapeuta tiene caminos a mostrar, conocimiento a ofrecer. El paciente elige en cada sesión hasta dónde llegar con él mismo.
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