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Extractos de: "Dónde Estamos Parados". El mapa o ¿Dónde estamos parados?

Hay una frase hacia el final de la película “What the bleep do we know?”[1] que dice así: “Creo que saber que existe esta interconexión del universo, que todos estamos interconectados y que estamos conectados al universo en su nivel fundamental, es la mejor explicación para la espiritualidad.

Es mi opinión que nuestro propósito aquí es desarrollar nuestros dones de intencionalidad y aprender cómo ser creadores eficaces.

Estamos aquí para ser creadores. Estamos aquí para infiltrar el espacio con ideas y mansiones de pensamiento. Estamos aquí para hacer algo con esta vida. Reconocer cuanto y reconocer el lugar desde donde es nuestra acción, es reconocer la potencia que tenemos cada uno en nuestra mente”


Cuando leo estas conclusiones que extraídas de postulados de la física quántica, que son muy interesantes de hecho, que uno las anhela para todos y sobre todo para una vida mejor, no puedo evitar detenerme en pensar que cuando estamos haciendo ciencias humanas, cuando estamos debatiendo en cómo abrir nuestra conciencia y lidiar con nuestro inconsciente, esas frases tan precisas no son sencillas para implementar, no son lo suficientemente abiertas como para comprender qué significa abrir una conciencia, con qué método, de qué modo, ya que no por entender comprendemos[2].

Se supone que uno está en problemas habitualmente. Cuando se está en problemas las personas durante un tiempo se hacen preguntas y tratan de buscar soluciones. Cuando las soluciones se agotan y muestran su error de procedimiento o su fracaso para el alivio emocional, si aún no se apropió de esa persona la derrota, se trata de buscar verdades y ahí la vida se vuelve próspera.

El que una persona busque verdades no tiene que ver a veces, con que soporte las verdades que encuentra. Muchas veces las verdades vienen y se las barre por pereza, ignorancia, negligencia, soberbia, fundamentalmente por miedo. Porque para llegar a verdades hay que penetrar en el caos. No hay otro lugar de donde arrancar las verdades que la vida ofrece. Lo que en materia de conocimiento no se arranca del mismo caos, son sólo creencias y opiniones, baluartes de recetas y certezas que nunca tendrán el status de la verdad, que nunca terminan llevándonos a ningún lado, que nos ilusionan un día para sepultarlas después y continuar con nuestros mismos padecimientos en busca de otra solución nueva, cada vez con más fatiga y mayor debilidad.

Hay una línea horizontal que traza una línea de organización, un estado de orden. Todos tratamos de vivir en esa línea, en ese orden, rogamos por este orden y es con este orden que armamos metódica y rutinariamente la organización de cada día de nuestra vida en una comunidad. Con relación a esa línea de organización se dice de nosotros que somos caóticos u organizados.

Este orden está conformado por opiniones y de creencias. Sobre este orden flota, insiste y agita sus vientos el cielo del caos, que está conformado de formas y de fuerzas. Ante nuestro desconcierto, ¿de dónde viene muchas veces nuestra angustia? De que no podemos abarcar el tejido que hay entre el orden y el caos para sostenernos en pié por ese día al menos. Esa es la verdadera sede de la angustia humana: se nos rompe el tejido entre el orden y el caos y nos sabemos desamparados.

En realidad, la angustia guarda cierta relación con la imposibilidad de comprender cómo se componen las cosas. Decíamos atrás que vemos señales sueltas pero las cosas ¿cómo están compuestas? A mayor desesperación por tratar de comprender, por intentar abarcar un problema, es la misma angustia la que nos hace milagrosamente buscar una punta de esa composición en el orden. Es a fuerza de no encontrar esa composición, que nos pegamos a opiniones y certezas, por pura desesperación. Cuanto más opinamos, mas creencias estamos presuponiendo, menos ideas se generan, más pobres somos. Hay que librar una lucha contra la opinión.

Las ideas cobran velocidad, pierden nitidez con facilidad, les gusta andar escapándose y flotando a nuestro alrededor, nos atraen pero no se nos entregan fácilmente. No las podemos agarrar, están hechas de “caballos alados y dragones de fuego”. No tienen mucho por explicar si son buenas, su acción es iluminar una zona de sombra, nos hacen trabajar, nos despiertan, nos despabilan, llevan a la acción, rompen la inercia. Esos caballos alados y los dragones de fuego son las fuerzas que están más allá de lo humano, potentes uniones de elementos que penetran lo humano, que lo moldean, que lo conjugan haciendo a la esencia misma de las ideas que un día bajan y anidan en la mente y las vísceras de un hombre cualquiera.

Las ideas son mezclas, matrimonios entre inteligencias diversas y fuerzas no humanas. No cualquiera soporta sus caballos y sus dragones sin quemarse. No están hechas de calma, son flujos potentes y arrolladores si no logran encauzarse. La inteligencia jamás fue un lago sereno, siempre es un estado de revolución permanente en el alma.

Es así como vivimos, a la altura de la tranquilidad que nos permite nuestras ideas. Cuando estamos con estados de angustia, tratamos de encontrar no el camino de las ideas, sino aquello que nos calme rápidamente la angustia que se nos despierta ante las crudas ideas. Pero si un día cualquiera una gran idea se nos anida, viene a buscarnos un oasis, un pequeño paraíso donde descansar nuestra fatigada humanidad.

Una muy lograda visión de Lawrence[3] veía a los seres humanos sostenidos debajo de un paraguas que los protejan del caos. Cada uno de nosotros nos colocamos debajo de un paraguas mientras caminamos y opinamos. Cada vez que queremos leer el firmamento miramos el techo del paraguas y lo que hay allí son nuestras mismas opiniones y creencias proyectadas en el paraguas, las vemos bajar de un cielo, que no es otra cosa que el firmamento creado por nosotros mismos, es nuestro propio paraguas el que nos asesora.

Atravesar esta línea para llegar al caos es como atravesar el Aqueronte, aquel río de la tragedia, ese inframundo, el borde del infierno del Dante, que al cruzarlo, cruzaríamos por los nueve círculos del túnel hasta llegar a la luz del caos. Y también los veintiuno infiernos del hinduismo, los siete pisos del infierno del Corán, al final las tres puertas del infierno budista: la lujuria, la cólera y la avaricia.

Todos estos aros, todas estas puertas me invitan y me dan de narices contra la naturaleza de mi propia imposibilidad. Todos queremos pasar para avanzar en sabiduría y cada uno de nosotros está constituído del mismo obstáculo que quiere superar. Al avanzar ciegamente hacia la superación de mi avaricia, es de un modo avaro que me doy contra la pared y vuelvo vencido con más veneno del que llevé, con más ambición de la que tenía, porque intentando salir me he ahogado en su río y sin saber atravesarlo, fui devuelto a la orilla de la que partí. Voy volviendo en mis fracasos hacia el punto de partida, pero más colérico, más avaro o más lujurioso.

Los griegos aseguraban que debajo del Aqueronte habitaban las furias, las ninfas que desde el fondo de la tierra (que es como decir desde el fondo de lo humano) atormentan a los vivos para que desciendan y las Moiras mientras tanto, hilando las hebras de la vida en cada mortal hasta que un día las cortan, en el momento que ellas deciden.

Hay tres disciplinas que logran penetrar el caos, tres caminos de entrada dados por la filosofía, la ciencia y el arte[4]. Ellas arrancan pedazos del caos y nos lo devuelven metódicamente trazado. No se hace con opiniones, ni ciencia con intuiciones o fotocopias con el arte. Los que realmente penetran en el caos resisten el combate, afirman su decisión, hacen de la búsqueda su vida y algunos siembran lucidez para el porvenir.

La filosofía lucha con el caos tratando de traer conceptos. Los conceptos son ideas vitales, ideas-fuerza de esas que serpentean a su solo contacto. Ideas que fluyen y laten en el magma, pidiendo de su cazador-filósofo que se aventure a ellas, soportar una velocidad infinita. Los conceptos no son quietos, vuelan a alto voltaje y movilizan hasta hacernos temblar. Cuando un concepto reasegura mis certezas ya está muerto, cuando me adormece ya agoniza, cuando me entretiene ya está enfermo.

La ciencia entra al caos para traer coordenadas y variables. El científico sale a la búsqueda soportando un proceso de desaceleración vertiginoso, hasta que logra fijar una coordenada y allí colocar una variabilidad. Es una manera tan ardua de entrar al caos como la del filósofo, sólo que él en vez de soportar una apertura extrema, sostiene una contracción máxima.

El arte entra al caos para traer la sensación en sus estados puros. Usan su cuerpo como sensor y soportan las variaciones truculentas de los mundos que van a decodificar. Se van limpiando de toda opinión y de toda creencia hasta plasmar un punto de verdad.

Las personas que penetran el caos corren riesgos. Deleuze afirma que el riesgo del filósofo es que la cantidad de odio que tiene que atravesar para limpiar las máscaras de las creencias y de los falsos conceptos, lo derrote.

El riesgo del científico es no ser lo suficientemente duro como para soportar golpearse una y otra vez contra la pared de los errores y de los fracasos reiterados, mientras va haciendo los abruptos procesos de desaceleración.

El problema del artista es que tiene que atravesar tantas catástrofes físicas para traer las sensaciones, que bien puede morir en las catástrofes.

Hay entonces tres desafíos a sortear prontos a despertarse, desde el alma dormida de estos aventureros: el odio, los golpes y la catástrofe física.

Cuando la filosofía, la ciencia o el arte van llegando al caos, llegan a puntos de vibración similares, pero por diferentes caminos. El arte llega primero, la filosofía después y por último la ciencia. En la ciencia el problema de la constatación demora mucho el proceso y la naturaleza del magma con el que se lucha, es más esquivo para el científico, que para el filósofo, que para el artista. Pero hay grandes sistemas de poder que salen a la búsqueda y capturan el avance científico, que moldean sus resultados, que regulan sus producciones. Todos sabemos que cuando la ciencia instala variables en un plano de constatación y efectos comprobables, estos efectos actúan directamente sobre los seres humanos a una velocidad más rápida de lo que puede actuar el arte y de lo que actúa la filosofía. Si bien es la última disciplina que llega, sus efectos son mayores y su acción más rápida.

Lo que traen la filosofía, la ciencia o el arte a este plano se llaman caoideas: ideas en el caos. Lo caoideo es el verdadero pensamiento y su detector y transmisor es el cerebro. Hay un tipo de cerebro que es un cerebro orgánico, que trabaja con interconexiones y recogniciones. Su tarea es reconocer y procesa todo lo que es el reconocimiento a diversas escalas. Funciona buscando algo conocido en lo desconocido. Este funcionamiento del cerebro permite el trazado de diferentes formas o gestalt. Allí nos apegamos y esas formas tienden a repetirse para re-instalarse y consolidarse por saturación.

Pero hay otra función del cerebro que está en los intersticios, en los procesos sinápticos, en las hendiduras, en los entretejidos. Es un tipo de cerebro que produce ideas vitales sin usar integraciones de reconocimiento. No es que haya un cerebro atrás de un cerebro, sino que hay una función del cerebro que hay que despertar, es una función de mapeo permanente, de vuelo rasante.

Pregunta: Es donde estaría la posibilidad de la creatividad?

M: Esta en la función del cerebro que hace un mapeo, y ese mapeo soporta enormes cantidades de estímulos a la vez, los traduce y los decodifica. Este es un cerebro de sobrevuelo, al ras, de una enorme tolerancia a las multidimensiones, que actúa por equipotencialidad, soporta a todos los estímulos en simultaneidad. Este cerebro es vibracional y contiene un amplio registro de frecuencia.

Es un cerebro que no remite al exterior, no remite a la retina, ni necesita trascender. Vibra. No necesita estimular sus ojos para ver, ni agudizar su oído para oír. Ve, oye, siente sobrevolando las percepciones, las audiciones y los sentimientos de lo que está ahí, enfrente de uno.

Trabaja con grandes haces de variables a la vez, es amplio y puntual. El proceso de gestación de un concepto no pertenece al primer cerebro, al cerebro órgano, pertenece a este segundo cerebro. El verdadero concepto sale de ahí, el arte sale de ahí, la ciencia y la filosofía salen de ahí.

En este sentido el cerebro es el espíritu y sus movimientos trazan bandas de vibración, bandas de plano, dibujan diferentes personajes, contornean diferentes formas, trazan diferentes fuerzas. Todo a la vez.

Si el cerebro es el espíritu, el cuerpo (que está en el plano físico) tiene como sensor a las sensaciones. Este es el órgano para llegar al cerebro, porque la sensación es la que produce la vibración, el elemento con el que compagina sus registros este cerebro.

La sensación es el alma, me mueve con sus vibraciones y cada vibración me provoca una contracción, una retención, una conservación. Es la conservación lo que va al cerebro. Entonces hagamos el circuito: toda sensación provoca una contracción, lo contraído conserva y eso es lo que hace cerebro[5].

El alma es la que se encarga de contraer la materia. Yo tengo conciencia de ser en tanto estoy contraído en mi alma. Como soy una contracción, entonces el cerebro está en todo el cuerpo. Y a la vez cada uno de nosotros es una contracción, somos todos parte de un gran cerebro y en diferentes grupos integramos una trama que también hace cerebro. El film Babel[6] lo abre con toda riqueza y fuerza en su entretejido.

Algo se conserva porque se contrae. Estamos vivos porque estamos contraídos: la juventud contrae a la vida, toma toda su energía y su rapidez, mientras que la vejez debilita esas contracciones y todo va perdiendo integridad, gana la fatiga física y el caos mental hasta la desaparición. Hay una relación muy profunda entre la sensación y los conceptos, entre el cuerpo y el cerebro, entre el alma y el espíritu.

Si las sensaciones se anestesian, se descomponen y, al descomponerse, la vida se debilita. Se medita para lograr un estado armónico de composición, la invasión de la fatiga es una amenaza constante. Pero si las ventanas sensibles y cerebrales se cierran al caos, se terminará siendo un anciano, repetidor de muletillas y opiniones trilladas que al poco tiempo ya nadie escucha.

La contracción debe sostener un estado de tension justa. Meditar no es estar relajado, es penetrar en un estado vibracional intenso que hay que soportar, sostener y hacer circular en el interior de uno mismo. Meditación no es “no-mente”, es “cerebro en todas las partes del cuerpo”, suma conciencia, lucidez relajada, conciencia despierta, atención serena.

Si una persona tuviese su contracción vital alineada a su cerebro y su cerebro en la lucha con el propio infierno para ver si se crea una hendija de luz sobre su tiniebla, esa contracción pasará a ser un resonador. Ese resonador crea formas, esas formas resultan ser micros cerebros que empiezan a funcionar en lo que nos rodea por medio de la resonancia. Es así como se afectan las tramas en la que se está implicado, es así como cada uno nos perjudicamos con el error que hacemos resonar en nuestra trama o favorecemos con la resonancia potente y constructiva de la trama en la que vibracionalmente estamos latiendo en un momento puntual. Una persona cualquiera introduce un clima desagradable con su presencia, tiene cólera o algún tipo de violencia contenida que desliza por medio de sus climas. Esos climas son la irradiación de su modo de contracción, el campo imantado y resonante de esa forma que se expande hacia el contagio por diferentes planos y frecuencias.

Si cada uno de nosotros soportara ir pasando por las formas que toman en nuestra vida estos siete infiernos, estos veintiuno estados diabólicos que jamás se pasan de una vez y para siempre, es muy probable que vayamos acumulando consistencia, nobleza, fuerza vital y dándole formas al caos, formas en las que logremos vivir, sin que nos arrasen a nosotros por nuestra debilidad y nuestra ignorancia. El caos no tiene fuerza destructiva, es destructiva nuestra ignorancia respecto de lo que nos rodea, nuestra debilidad respecto de nuestras apetencias, nuestra pereza y negligencia respecto de los conos de resonancia que emanamos con nuestras conductas y que recibimos a veces por no saber construir con mayor calidad la trama resonante.

Una cadena química se transmite por contracción, la memoria es una contracción, es el hecho contraído en nuestra imaginación que imprime un sello, un rasgo[7]. Yo puedo acceder a una banda de vibración mejor o más potente por el enlace entre una contracción mía y el tipo de contracción que produce la vibración de otra banda.

Si con Simone Weil dialogáramos, nos diría que la única forma en que este proceso se puede hacer es demoliendo al yo. Parte de nuestro yo es el egoísmo, la avaricia, todas las pestes del infierno y las ansiedades voraces las que levantan un escudo temible entre la vida y su fuerza constructiva y el hombre y su apego a la enfermedad. Si al yo se lo demuele desde afuera, por accidentes, por golpes, abandonos, fracasos y estallidos, esto que ya es en sí una hecatombe, no alcanza. “Suprimir el obstáculo del Yo. Lo que es sobrenatural no es la compasión, sino la supresión.” Pasado el golpe se puede seguir con el mismo egoísmo pero ya sin yo, con un yo demolido a palos. Ahí empeoran las cosas, porque ese egoísmo y esa voracidad ya se levantarán del modo más bestial, impulsadas con la fuerza del resentimiento[8].

La única posibilidad de destrucción del egoísmo es que se vaya demoliendo desde adentro y la única demolición posible que se puede hacer desde adentro, es vaciar nuestro yo de apetencias voraces. Y sostenerlo en el vacío. Si hay Dios solamente va a venir por la conciencia del vacío que se ha abierto en el interior. Lo primero a tolerar es el propio vacío. Y en las palabras de Weil, esto no se tolera porque el yo a medida que se vacía, va fabricando sus apetencias, sus voracidades, alienándose en los infiernos que inventa. El infierno no existe, sus aterradoras imágenes son creaciones de nuestra mente para sostener la inercia y los beneficios de los sueños sin realidad, luchando a ciegas con el miedo, mientras la mente persigue la imagen de sus estados calmantes.

No existirían los siete aros del infierno en sí mismos, serían los estados en los que va cayendo el yo para seguir siendo yo. El yo sombrío, el yo de los infiernos, también es otra pirueta más de nuestro yo entrampado en su ambición y negociando con todo menos con su derrota. Si todos viéramos el exacto lugar que ocupamos y hacia dónde tendríamos que ir sin destruirnos y sin destruir a los que nos rodean, colaboraríamos mucho en la tarea de sostener la vida propia y la de todos.

Todos debemos entrar en nuestros infiernos porque son nuestro laberinto de espejos, hay que entrar a la cima de los espejos de nuestra vanidad atormentada. Pero con atención extrema y guía cauta, porque el yo en esos infiernos, tiene fuegos y espadas, nos engaña, nos desconoce y no dudaría en partirnos de un sablazo. El yo que hay que destruir es, el yo de los infiernos. Y a la vez ese yo infernal es el exacto, el perfecto yo que se necesita para saltar a la propia zona de luz. Es tan paradojal la situación que la misma medicina que nos enferma será la que contiene todo para salvarnos, invirtiendo el movimiento: en vez de escapar, entrar.

Comentario: Yo creo que atravesar los infiernos, es algo imposible de hacer desde el no yo. Lo que si tiene son precios, salen disparos que no deberían salir y que uno no maneja. Uno va para un determinado lado y en el camino puede quedar mucho desastre, mucho desperdicio. Esa declinación del yo no se la creo ni a Gandhi. Yo creo que uno deja cosas y lastima cosas en el camino.

M: La persona que logra levantar un plano y sostenerlo y hace red con otros que levantan un plano, es una persona que esta haciendo una destrucción. Toda ruptura tiene furia, toda liberación lleva un grito en su movimiento.

Comentario: Y estar contra otros, es imposible no estar contra otros aunque sea por omisión. Aunque uno sea magnánimo, quizás el ser magnánimo te trae más enemigos todavía que ponerte en la pelea.

M: Toda creación destruye, el NO a aspectos de mi propio infierno, es un NO para mí y para todo lo que me rodea en ese punto en el que digo NO. Ese NO, está formado en base a destrucción por supuesto.

Las máscaras que toma el yo son muchas más de las que podemos imaginar. Porque además toma todas las máscaras de la cultura que uno cuestiona, con la que peleamos y en realidad estamos también hechos de esa pasta. Resulta muy difícil y engañoso el trabajo sobre las máscaras, pues apenas caen en un sitio, se comienzan a levantar en otro lugar.

Por supuesto que todo trabajo donde la persona se va abismando hacia un vacío pleno de uno mismo, si realmente lo hace desde el interior de sí mismo y no desde una crítica externa que deja a salvo el valuarte de mis egoísmos, nos va volviendo personas de mayor fortuna, de mayor capacidad de vida y generosidad. Tal vez también iremos quedando un poco más solos. Y el volverse generoso ya es una acción que por sí sola, lucha mucho con los espejismos del ego, porque el ego es avaro y caprichoso, insolente y manipulador. Hay egos que se anidan en la identidad del ser víctima, pero detrás de toda víctima puede esconderse un gran victimario, un arma mortal bajo la capa del sufrimiento y la docilidad. Estoy planteando temas generales, cada vida lleva una singularidad y una combinatoria de mundo que hay que descifrar caso por caso.

El trabajo con el ego es un trabajo muy potente que se tiene que hacer hasta en las células, a fuerza de vislumbrar con nuestra sensibilidad los campos de resonancia que somos capaces de crear y desde los cuales somos recreados todo el tiempo. Todo ego es potencialmente terrible y temible para nosotros mismos. Debemos ser capaces de crear un canal que lo registre. Ningún trabajo espiritual es válido si no pasa por esta zona, si no es capaz de crear visión en este territorio.

Intentar llegar al caos es intentar llegar al amor, que es lo único que podría curar la vida y dominar al ego. El ser humano suele tener un profundo anidamiento en el odio, capas y capas de odio se levantan frente a las mínimas cosas y a las grandes cosas. Odio declarado, disimulado, escondido, estallando caprichoso o encantando con seducción. Construirse fuera de esa relación con el odio es la mayor tarea que tenemos por delante, con nosotros mismos y con los que nos rodean, si somos capaces de volvernos responsables y queremos buenas cosas para nuestro futuro. La mayor riqueza que queda es la riqueza frente a los amores que fuimos capaces de construir y esa riqueza se acumula en años, imperceptiblemente, hasta que muestra su abundancia o su miseria una vez acumulada en gran parte del recorrido.

El problema del ego es que esta atravesado por flujos que se vuelven terribles al contacto con nuestras debilidades y nuestras apetencias, si no vamos logrando tener dominio y conocimiento de nuestros canales mentales y emocionales.

Dejemos en el final un artículo como reflexión [9].


Charla en Cádiz con africanos

Nahir no quiere recordar lo que vivió para llegar al Mediterráneo: nueve años en los que pasó de la adolescencia a la juventud y de los que se rehúsa a hablar. El nigeriano Sunday Taiwo, en cambio, acepta contar lo que llama un milagro que duró dos años y terminó en un puerto español, con una pierna destrozada, pero con el final feliz de una visa y una vida.
Por María Esther Gilio
“El color de nuestra piel nos delata”, dice Nahir. “No somos blancos los que llegamos de Africa. Yo llegué hace diez años, tengo papeles, trabajo, soy enfermera y todavía me piden documentos”, dice, y corre tras su hijo pequeño que camina rápido hacia los bordes de la plaza. Le pregunto si charlaría conmigo sobre su llegada y responde que no, que no le gusta recordar. Que cuando otros africanos empiezan con ese tema ella se va. “Sólo le digo una cosa, decidí venirme cuando tenía 17 años y cuando pisé suelo español tenía 26. Y no me pregunte qué pasó en el medio”.


En su acento extraño que no delata ningún idioma conocido hay de tanto en tanto algún giro que hace pensar en la lengua portuguesa. “Sí, soy de Guinea Bisau –dice, cuando se le mencionan sus giros en portugués–, pero antes de llegar acá di muchas vueltas. Siempre por lugares que prefiero olvidar. Le deseo que encuentre a alguien que quiera hablar con usted.”
Varios días demoré en encontrar ese alguien dispuesto. Se llamaba Sunday Taiwo, tenía 30 años y en su momento había contado con la ayuda de una organización cristiana que fue la que me puso en contacto con él.
“Carlos, a quien usted conoció en el Centro de Acogida, me dijo que era una amiga, que hablara tranquilo” comienza Sunday Taiwo. “A mí no me gusta hablar de mi vida con gente que no conozco. No sé por qué, pero uno queda con miedo. Aunque hoy ya nadie se empeñe en devolverme. Esa historia vieja no termina de borrarse.”
– Ahora tiene documentos, trabajo.
– Sí, todo. Tengo todo. Esposa y un buen trabajo.
– Es importante un buen trabajo.
– Sí, hace unos años yo estaba afuera, lejos de Cádiz. Caminaba media hora hasta encontrar un ómnibus que me traía a la ciudad a trabajar. Pero un día me prendieron y me dijeron que ya basta, que tenían que devolverme. Me llevaron a un Centro de Internamiento para extranjeros en Málaga y luego a Madrid donde me tuvieron un tiempo hasta que me soltaron.
– ¿Qué pasó que lo soltaron?
– Me soltaron porque no tenía ningún documento.
– ¿Y eso lo beneficia?
– Si tú no tienes ningún documento, ellos no saben, de dónde eres. Y si no saben ¿a dónde te mandan? Hasta hace seis meses era así. Si no se conoce el país de origen, ¿quién te acepta?
– Es fácil quedarse, entonces. Alcanza con perder los documentos.
– No hay que perderlos, hay que viajar sin nada. Ellos así, no tienen a dónde devolverte. No tenían, porque ahora ya resolvieron el problema. Hicieron un acuerdo con el gobierno de Nigeria de manera que a cualquier subsahariano que llega a España sin documentos lo mandan a Nigeria. Nigeria se ocupa de hacer los trámites para que lo reciban en su país. Tienen en cuenta tales o cuales cosas que permiten ubicarlos.
– Me dijo que era de Nigeria.
– Sí, soy del país con quien se realizó el acuerdo: Nigeria.
– ¿Qué país colonizó a Nigeria?
– Inglaterra. Hasta 1960 estuvieron ahí los ingleses.
– ¿Qué produce Nigeria?
– Nosotros éramos un país agrícola hasta 1970 en que apareció petróleo. Y ahí...
– ¿Y ahí qué pasó?
– Ahí lo cagamos. A ese país lindo lo cagamos. ¿De qué te ríes?
– De la palabra que usa.
– ¿Está mal?
– No. Está muy bien, muy española. Nigeria está al oeste, sobre el Atlántico.
– Sí, encima de la línea del Ecuador, cerca de Camerún y Togo.
– ¿Y por qué piensa que todo se arruinó cuando descubrieron el petróleo?
– Porque todos quieren estar en el negocio del petróleo. Nadie planta más, sólo se habla de petróleo. Hay mucho, pero el petróleo mató todo. Nosotros somos siete hermanos. Siempre mis padres dijeron que había que estudiar para tener luego un buen trabajo. Varios de mis hermanos y yo estudiamos, tuvimos diploma, pero no tuvimos trabajo. Llegó un momento en que todos pensamos –hijos y padres– que si queríamos progresar teníamos que irnos.
– Los ingleses se fueron en 1960. ¿Qué pasó después?
– Cuando ellos se fueron dejaron instalado un gobierno democrático, pero al poco tiempo nos cayó encima un golpe de Estado.
– Militar.
– Los golpes de Estado son siempre militares. ¿Qué otros pueden ser? Ellos tienen las armas. El país se transformó en un caos, subían éstos y fusilaban a los contrarios hasta que subían los contrarios y fusilaban a los otros. Sin juicio. En la calle, siempre en la calle. Dos bandos rivales que se disputan el poder. Ninguno mejor. Todos iguales. Muy corruptos. Y los diarios también, muy corruptos. Cuando yo terminé mis cursos de economía quise irme a Alemania, donde estaba mi hermano mayor. Lo intenté tres veces y nunca conseguí visa. Tuve que renunciar. Decidí venirme a España.
– Eso tiene que contarnos. Sabemos del final feliz. Tiene papeles. Tiene trabajo.
– Sí, dos trabajos, una esposa y auto.
– ¿Sí? ¿Auto?
– Sí, aquel azul que está parado junto al farol. No, ese grande no, el otro, más atrás, un poco más chico, de dos puertas. Entonces le cuento. Me decidí por España aunque aquí no tenía ningún hermano.
– ¿Cómo pensaba llegar?
– Como cualquier africano pobre, en patera.
– Para eso primero debía llegar al Mediterráneo. ¿Cuántos kilómetros son desde su patria?
– En línea recta 4500 kilómetros. Pero es difícil ir en línea recta, porque muchos países no podía atravesarlos sin visa. Entonces das muchas vueltas. Para llegar a Marruecos tenés más de cinco mil kilómetros que los haces en autobuses, camiones y todo terreno. El Sahara no podés atravesarlo si no es en todo terreno.
– ¿Cuánto demoró?
– Yo me fui de Nigeria el día 21 de marzo de 1999 y llegué a España en marzo de 2001. Alguna gente llega en un mes, pero ésa es gente que tiene dinero. Si el dinero es mucho, mucho pueden ser 6 horas. Yo cuando llegué a Níger no tenía más dinero. Tuve que ponerme a trabajar en cualquier cosa, en la construcción, en los hoteles. Estuve dos o tres meses, junté un poco y seguí. Cuando llegué a Argelia ya otra vez estaba sin dinero. Tuve que volver a detenerme para ganarlo. En Argelia estuve unos cuatro meses y me fui a Marruecos. Hasta ese momento había ganado dinero para sobrevivir y para coger un autobús o un todo terreno, pero ahora debía ganar para cruzar el estrecho.
– ¿De dónde a dónde?
– De la punta de Tánger a las costas de Algeciras.
– ¿Cuánto se demora?
– En ferry de una hora a dos. En patera cinco o seis. Si partes de Ceuta el viaje es más corto, pero ahí hay mucho que esquivar.
– ¿Cómo se conecta con la gente que se ocupa de esos viajes?
– Eso es fácil, es lo más fácil del mundo. Tienes que llegar a la playa y ahí encuentras todo. Los que como tú quieren pasar a España y los que buscan a quién llevar. Hay mucha libertad. Si tienes el dinero es fácil. Son mil euros para embarcarse sin papeles en patera. Es un barco común, es otra historia. Eres legal, pagas menos de 50 euros.
– ¿Juntó los mil en cuánto tiempo?
– Más de un año.
– ¿Y para vivir, al llegar? También precisaba algo.
– Nada, nada, nada, un día y luego como los vagabundos.
– ¿Cómo es la gente que los lleva?
– En general son pescadores. Uno se acerca y dice: “Somos cuarenta o cincuenta que queremos llegar a España”. Si el hombre dice “sí” tiene que comprar todos los materiales. Motor, la balsa, o la barca, cuerdas, muchas cosas. Todo nuevo.
– Se trata de gente de la mafia.
– No, son pescadores, no son mafia. Son mafia los que pasan droga. Esos sí, pero éstos son pescadores. A veces los que pasan droga también llevan emigrantes, eso ocurre. Abajo ponen la droga y encima a la gente.
– Mujeres que corran esa aventura no hay muchas.
– Hay menos. Para las mujeres todo es muy duro, entonces, a menudo se arriman a algún tío que les ofrece ayuda. Después viene el problema, quedan embarazadas. Entonces tienen que cargar con el niño, ya sea en la barriga o en los brazos. No sé qué es mejor.
– Usted no corre ese peligro que corren las mujeres, pero alguna tía habrá encontrado que tal vez ayudó en ese largo camino.
(Sunday me mira con una expresión tan seria que me pregunto si se habrá sentido ofendido.)
– Perdón, no le gusta lo que digo.
– No, no es eso, no. Nunca pensé en mujer ni en nada que no fuera llegar. Durante todo el viaje sólo en llegar. Nada más que llegar y en Dios, que me ayudara a avanzar. No había lugar para otra cosa en mi corazón. Sólo Dios estaba a mi lado para ayudarme. Todos mis pensamientos y mis fuerzas estaban dedicados a lo que me había propuesto: escapar de aquella maldita tierra. Cuando yo empiezo algo sé que voy a lograrlo. Soy optimista cien por cien, pero no hago nada que me desvíe de lo que quiero.
– Y lo que quería...
– Era escapar de la maldita tierra.
– ¿Tan enojado estaba con África? Tal vez todavía lo está. ¿Tan poco quiere a su tierra?
– Uno no debe querer a quien no lo quiere a uno.
– Tiene razón. Para salir, entonces se precisa una cantidad que no es fácil de ganar en Africa.
– Uno para salir precisa dinero y suerte. Una cosa es el dinero y otra la suerte. Hay gente que ha juntado y cruzado tres y cuatro veces el Mediterráneo y sigue mirando a Europa desde lejos.
– Tres y cuatro veces. Son años.
– Sí, así es. Los cogen al llegar y días después otra vez África.
– Usted pagó y embarcó. De noche tarde, por supuesto.
– Sí, cuando está bien oscuro. Con luna llena no se viaja. Éramos 60 en una balsa de 15 metros que abajo tenía flotadores.
– Quince metros es muy larga. ¿Y de ancho?
– Puede tener cinco, seis. Eso no sé. Tendría cinco. Ahí nos sentamos todos uno pegado al otro, rezando.
– ¿Todos?
– No lo sé, yo, la mayoría.
– ¿No se caen de la balsa?
– Sí, sí, se caen. Si hay marea, si el mar se pone picado se caen. Yo me caí.
– ¿Cómo que se cayó?
– Nos caímos siete, cuatro se ahogaron.
– Mi Dios, ¿qué dice?
– Cuatro se ahogaron.
– Nada bien.
– No, yo no sé nadar. Fue un milagro. Caí, la balsa siguió pasando y yo me agarré al final.
– Tuvo mucha suerte.
– Dios me ayudó. Dios me ayudó. Cuando caí únicamente pensé en Dios. Lo llamé en mi ayuda y él acudió. Me salvó la vida. La vida, sí. No la pierna que me deshizo la hélice.
¿Tanto?
– Sí, tenía la tibia completamente rota. Estuve seis meses en el hospital para recuperarme.
– Quiere decir que llegó herido a la costa y no lo devolvieron.
– No, me curaron. La ley dice que si el emigrante llega enfermo o herido hay que darle médico.
– Pero una vez curado lo mandan de vuelta. Tuvo suerte.
– Sí, mucha suerte. Mi enfermedad se complicó mucho y me fui quedando. De Algeciras me mandaron acá, a Cádiz, para hacerme entre otras cosas cirugía plástica. La pierna había quedado sana, pero muy fea. Aquí arreglaron todo.
– ¿Y mientras tanto qué se decía sobre su situación? ¿Hablaban de devolverlo?
– Mucho hablaban. Unos querían y otros me defendían. Acá estaba en un centro de acogida e iba al hospital a curarme. Me decían: “Te van a devolver”, no quiero ni acordarme, era muy triste. Me mandaron a un centro de internamiento primero en Málaga y después en Madrid mientras decidían a dónde me devolvían. De verdad que no quiero acordarme. Todo era demasiado triste. Un día me decían “están buscando cómo devolverte” o “en unos días ya te mandan”. Así cerca de dos meses.
– ¿Qué hacen esas organizaciones no gubernamentales, algunas religiosas, cuyo fin es protegerlos, intentar que les permitan quedarse?
– Esas organizaciones nos ayudan mucho, pero sólo pueden un poco.
– Finalmente le permitieron quedarse.
– Sí, yo no tenía documentos, no había a dónde mandarme. En ese momento era así, pero eso ya te lo conté.
– Se quedó, consiguió trabajo y se casó. ¿Con mujer africana?
– No, blanca, española de Cádiz.
– ¿Le gustan las blancas?
– Yo nunca había pensado si me gustaban. Eran personas que estaban en otros mundos. Nunca había pensado en eso. Pero llegué aquí y es lo que había.
(Y se quedó mirándome, muy serio, por varios segundos, Hasta que metió la cara entre las manos y rió largamente.)

[1]
Film: What the bleep do we know? USA, 2005, W. Arnt, B.Chasse, M.Vicente.

[2]
Deleuze, G. y Guattari, F.: “Del Caos al Cerebro”, no es un artículo de sencilla lectura, pero presenta una magnífica riqueza a la hora de vislumbrar el pensamiento complejo y su alcance favorable y arduo para nuestras vidas. Es un artículo que late en la interdisciplina, camina entre filosofía, matemática, biología, psicoanálisis, sociología. Disciplinas que tejen sus líneas y se articulan en sus puntos justos. Este artículo será una de las matrices por donde caminará teóricamente este libro. En ¿Qué es la Filosofía?. Ed. Anagrama, Barcelona, 6º ed., 2001.

[3]
Deleuze, G. y Guattari, F.: Del Caos al Cerebro en ¿Qué es la Filosofía?. Ob. Cit, Págs. 202- 203

[4]
Deleuze, G y Guattari, F: Ob. Cit. Págs. 202-220

[5]
Estos temas se encuentran desarrollados en los trabajos de Deleuze, G.: El pliegue, Paidós Studio, Buenos Aires, 1889. Pag. 26-40. En Deleuze, G.: Diferencia y repetición, Amorrortu, Buenos Aires, 1ºed. 2002, Primera parte. En Deleuze, G. y Guattari, F.: En ¿Qué es la Filosofía? “Del Caos al Cerebro”, en Ob. cit. Págs. 202-220

[6]
Film: Babel, Dir. Alejandro G.Irrañitú, USA, 2006.

[7]
Deleuze, G.: La memoria es una contracción. En El Pliegue, ob. cit. Pag. 168-176.

[8]
Se puede consultar sobre la vida y la obra de Simone Weil en Fiori, Gabriela: “Simone Weil”, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2006. Específicamente en Weil, S.: “El Conocimiento Sobrenatural” no alcanza con que el yo se demuela desde afuera, Ed. Trotta, Madrid, 2003. Págs. 142; 150-155.

[9]
“Relatos del terrible pasaje de Africa al país más cercano de la Unión Europea”. Artículo Sociedad. Diario Página 12, 23 de abril de 2006. Buenos Aires. Argentina

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