En este seminario vamos a estudiar cuestiones que hacen a la vida de todos y a los problemas que se nos presentan de manera concreta cuando transitamos nuestra vida en lo cotidiano y anhelamos llegar a una mayor comprensión de nuestro sentido de la existencia, el para qué de tantas luchas, el magma de misterio que nos rodea. Muchas personas desean adquirir un mayor conocimiento sobre los mecanismos de la vida, sobre la aventura del viaje espiritual de la existencia, el lugar por dónde encaminarlo, la forma de fortalecerse, de adquirir integridad y alguna sabiduría susten-table.
La guía para nuestro estudio serán los textos de Gilles Deleuze, que no se trabajarán exhaustivamente, sino de modo tal que puedan hacer llegar en forma sencilla enriquecedores conocimientos filosóficos a un público general, que ha sido en buena medida el que ha integrado los seminarios en donde nacieron estas horas de debate, acalorado entonces y de transmisión serena ahora.
Comenzaremos entonces por una pregunta: ¿Qué Deleuze? Un Deleuze que pueda llegar al entendimiento de muchos que no tienen formación filosófica. Un Deleuze no académico, vivencial y desafiante, que penetrará en nuestras cabezas para provocarnos, para descolocarnos, para abarcarnos, para invitarnos a ir un poco más allá de lo que sabemos y vemos.
¿Por qué Deleuze? Porque es un filósofo que abre grandes y novedosas categorías de pensamiento, que mueve nuestras perspectivas, que sabe ahondar en nuestras vísceras, que burla nuestros bloqueos. También porque me ha ayudado a pensar, y a vivir entonces más armónicamente. Mucha gente que encuentro me dice que “sabe” Deleuze, que ha leído algunos de sus textos, un par de sus libros. Otros me dicen que es imposible entender a Deleuze sin una sólida formación filosófica. Personalmente, no podría decir que “sé” Deleuze. Me resulta certero y huidizo, claro y oscuro. Misterioso siempre. Sorpresivo y conmovedor. Lúcido hasta el shock cuando lo sé descifrar, hermético hasta la extenuación cuando su vuelo excede tan ampliamente mi capacidad de visión. Penetro en su trama con todas las detenciones, el entusiasmo y las dificultades. Así, espero poder ser de ayuda a los que me leen en este momento. Su pensamiento se me abre y se me cierra rápidamente, pensamiento que a veces capto y no logro transmitir de modo sencillo a un público exigente y predispuesto.
Juntos intentaremos ser penetrados por su obra. No creo que a más lectura, más se sepa de Deleuze. A Deleuze hay que captarlo, ver por dónde anda, ver hacia dónde mira, entender qué deja a un costado, tomar sus golpes bajos y tolerar su conmoción. Tiene momentos conceptuales complejos, de alta capacidad de visión y reformulación. Nos acercamos a él con mucha cautela, como lo que es: uno de los mayores filósofos que dio este siglo. Sus aperturas pocas veces son explícitas y no siempre están planteadas en un lenguaje sencillo; requieren paciencia y búsqueda, expe-rimentación activa y atención serena.
La fuerza de sus ideas terminará operando en nosotros de modo intenso, potente, lúcido. Quedaremos sembrados por un tipo de inquietud que no quedará sin dar alguna cosecha vital.
A fines didácticos suelen distinguirse cuatro etapas en la obra de Gilles Deleuze. La primera, de crítica literaria y filosófica, la constituyen sus monografías sobre Nietzsche, Kant, Hume, Bergson, Spinoza, Proust y Sacher-Masoch, y abarca de 1953 a 1968. En ella, Deleuze buscará, en el seno de la filosofía, aquellos autores que en un sentido u otro escapan a la tradición platónica y que serán los maestros que puedan brindarle los instrumentos necesarios para “invertir el platonismo”. La segunda etapa, de 1969 a 1971, se constituye por dos grandes libros: Diferencia y repetición y Lógica del sentido, y es el momento de la filosofía crítica, cuando Deleuze comienza a hablar en su nombre. Seguirá a ésta la etapa marcada por su encuentro con Felix Guattari –de 1972 a 1980- y junto a él, el período del esquizoanálisis. El antiedipo y Mil mesetas serán sin duda los dos textos más importantes de este tramo. Y, finalmente, un último período se abre con Francis Bacon en Lógica de la sensación y toma vuelo su etapa estética, en la que destacan de modo singular sus estudios sobre el cine y literatura.
La obra de Deleuze resulta a veces difícil por su misma multiplicidad y la variedad de sus textos y de sus temas. Por sus páginas caminan extractos de cine, de teatro, de música, pintura y literatura, fundamentalmente. Muchas personas que trabajan en diferentes ámbitos del arte utilizan alguna parte de la obra Deleuze, por el aporte enriquecedor de sus visiones.
El Ser deleuziano es unívoco, es inmanente. ¿Cómo hace entonces el Ser para salir de su mismidad? ¿Cómo puede expresarse en un devenir? Es allí donde se dice que su pensamiento es “empirismo trascendental”. La inmanencia del ser unívoco es movida, es producida, es efectuada por el flujo trascendente de los acontecimientos. El ser se va plegando por los acontecimientos que sobre él se posan. Nosotros somos un pliegue.
Para el empirismo trascendental, pensar no es representar una verdad, sino producir un sentido o una potencia que pliegue al ser, para traerlo, para que lo poseamos, para nutrirnos y contenerlo.
Es para mí una obra apasionante. No tengo dudas de que vale la pena entrar en el mundo de Deleuze, de que no se saldrá de él sin quedar afectado, y eso marcará felizmente nuestro entendimiento.
¿Qué hay en la obra de Deleuze? Hay variados caminos abiertos hacia la estética, desarrollos sobre el problema de la construcción imaginaria y mental con la que nos apoyamos en falsas y debilitadas imágenes sin saber, en general, discernir entre el equívoco y la visión de imágenes más potentes que nos conduzcan a la transformación de nuestros modos de ver. Hay metafísica, política, ética y psicología. Es una obra que dialoga con el método de la ciencia, que se vuelve una fuente de nutrición para variadas inquietudes y aplicaciones en general y, fundamentalmente, para la propia vida.
Se desarrollan cinco grandes temas en la obra de Deleuze: 1- las fuerzas, retomadas desde su análisis profundo de la obra de Nietzsche; 2- el lenguaje y el modo en que se produce el sentido, tratado en Lógica del Sentido y en Diferencia y Repetición; 3- los estudios sobre el poder, abordado específicamente en Mil Mesetas y en su estudio sobre Foucault; 4- el problema de la identidad y la creación de diferencias, en Diferencia y Repetición; 5- los campos sensibles, la captación por vibración y la construcción de imágenes, particularmente desarrollados en Qué es la Filosofía, en los estudios sobre cine, en Lógica del Sentido y en Lógica de la Sensación.
Cuando entramos en Deleuze vamos al descubrimiento de un tipo de pensamiento, que a medida que se va desci-frando se vuelve sensación visceral, experiencia de vida como totalidad y experiencia cotidiana de existencia. No es un pensamiento que produzca una idea que deba ser aprendida, memorizada, razonada o deducida. La idea deleuziana es una idea experiencial, es una idea que se nos va a ir desprendiendo de un campo vibracional intenso. No se debería leer a Deleuze como quien intenta aprender conceptos anatómicos, memorizar frases filosóficas o recitar fórmulas conceptuales. Sus ideas están trazadas de tal modo, que se abrirán a través del campo de intensidad que cada uno logre alcanzar o no, en sí mismo, consigo mismo.
¿Cuál es el problema? Que si uno no se conecta con uno mismo, la obra no se abre; si yo no encuentro en mí el punto desde donde él me está hablando, la obra se cierra, se vuelve hermética o, lo que es peor, podrá sobrevolarse y parlotearse racionalmente sin que ella me modifique al penetrarme. Hay un momento donde su modo de cercar los temas, su modo de hablar se instala sensiblemente en nosotros, y, si eso se produce, los conceptos se abren, su pensamiento florece en conexiones con las que podremos empezar a balbucear sobre y con Deleuze.
Escritura a golpe de martillo, que entra por complejos lagos, se detiene en precipicios, se arroja, nos confunde, nos inquieta, nos despierta, nos repliega, nos desborda, nos alegra. Todo un viaje por un campo intenso, por la vibración de las vísceras. Señalaba Deleuze que tendríamos que aprender a dejar la fórmula del típico estudiante que lee miles de libros y memoriza otros tantos miles de conceptos, siempre preparándose para lograr sentirse seguro de lo que sabe y cuestionarse poco por qué es que no sabe.
Cuando se vuelve necesario memorizar conceptos, la obra ya está fallando o está fallando uno. Ningún concepto que entre a insistencia pura, por esfuerzo de repetir en forma memoriosa, es un concepto que tienda a quedar en nosotros.
Decía Deleuze que hay que intentar leer filosofía como quien escucha música: si el disco funciona uno seguirá escuchando, de lo contrario hay que dejarlo un rato como música de fondo a ver qué pasa. A los buenos autores hay que esperarlos, hay que esperar que algo de ellos entre en nosotros, que nos trabajen desde adentro. Si uno no entiende a un buen autor, es necesario seguir leyendo de todas formas. Pasan las horas y no pasará nada, hasta que en un momento, el autor tomará posesión de nuestro interior. Mejor leer como quien escucha música y tener paciencia al hacerlo.
La propuesta de lectura que les hago a ustedes en este seminario es que entren en el proceso Deleuze, escuchándome, leyendo los textos, participando y, fundamentalmente, conectándose con ustedes mismos. Al final, la cosecha se encontrará y varias cosas quedarán grabadas, tal vez no como conocimiento, sino como modos de ver, como cues-tionamientos, como dudas, pero algo habrá cambiado irreversiblemente. Debe pasar un tiempo, deben pasar unos encuentros, una espera, una permanencia en esta lectura. Luego Deleuze llega y uno empieza a ir con él. Esta ha sido para mí la forma de captar su modo de trabajar, y espero ser para ustedes un puente sencillo hacia Deleuze.
¿Cuál es problema que se aborda a lo largo de la obra de Deleuze, la gran cuestión que a él le interesa? La forma en que se puede levantar la intensidad de la vida. A lo largo de toda su obra se ocupará de muy diversos modos y con diferentes códigos de los procedimientos por los cuales un ser humano puede quedar parado con firmeza, fuerza, serenidad y alegría ante la vida. Sostener una mayor potencia de vida ha sido una obsesión para Deleuze.
¿Cómo hacer más potente lo que hago? Es una pregunta que nos busca desde cualquier lugar de nuestro quehacer, desde la psicología, la medicina, la economía, el periodismo, el arte, el diseño, desde las cuatro paredes que delimitan mi habitación. ¿Cómo levanto la potencia de cada cosa que hago y de mí mismo? De estas cuestiones está hecha la obra de Deleuze.
El ser humano con todas sus limitaciones está expuesto a lo abierto: cuanto más abierto, cuanto más multiplicidad de mundo yo tolere sin romperme, sin enloquecerme y sin generarme una reactividad hacia el cierre por impacto de esa intensidad, cuanto más yo permita que eso abierto entre en mí, más potencia tendrá mi vida. Toda vida es un arte y tiene vida cada cosa que yo produzca con ella y a la que le permita la entrada.
¿Hacia dónde va su obra? Hacia la búsqueda y la tolerancia de lo abierto, porque por lo general, ¿qué hacemos ante lo abierto? Cerrarlo. ¿Adónde apuntamos en este seminario? A mostrar pasos para ir hacia lo abierto, al viaje hacia el espíritu.
Hay un trabajo de Deleuze en Mil Mesetas sobre las memorias de un brujo, en donde puntúa aspectos de la obra de Castaneda. ¿En qué consistía el entrenamiento de Castaneda? ¿Qué le provocaba Don Juan a Castaneda? Intentaba que él pudiera levantar la percepción de la realidad sin que lo destrozara el conocimiento, sin que se le dañaran el cuerpo, la visión y los oídos.
También Deleuze preparará el terreno para indicarnos cómo abrirnos y no morir ni enloquecer con la videncia. ¿Quién es el vidente? El que puede ver, pero ese ver deleuziano es un ver sobrio, con absoluta cautela, y sin temblor. Ver en forma lúcida es la empresa.
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