En la vida subyacen fuerzas en pugna. Vivimos poseídos y habitados por fuerzas. Tenemos la tendencia a creer que estamos habitados por sentimientos de los que somos los dueños y por pensamientos de los que somos autores. De nosotros se apoderan fuerzas que nos hacen actuar y que poseen intencionalidades, modos, frecuencias y desfiladeros hacia desenlaces.
En lugar de desarrollar la conciencia mediante las fuerzas que nos poseen, a éstas las sentimos apenas y desarrollamos ideas y sentimientos que taponan el conocimiento de las fuerzas. Esas ideas y esas emociones nos van manejando, y avanzamos desconociendo muchas veces cuál era la naturaleza de las fuerzas que nos impulsaban y cómo podríamos apoderarnos de ellas, para asumirlas y, de ese modo, neutralizarlas o encauzarlas. Muchas veces emitimos opiniones que no surgen de un profundo trabajo de barrido de escombros con nosotros mismos. Por el contrario, por nuestras voces se deslizan intensidades que nos llevan a situaciones y lugares a los que no siempre hubiésemos querido llegar. Es un gran problema convivir con semejante actitud de desconocimiento y desimplicancia sobre los vientos que nos hacen aire alrededor.
Es muy importante que asumamos el trabajo de aprender a pensar. Pero, ¿qué es pensar?, se preguntará Deleuze. Es adquirir el conocimiento suficiente sobre mí y sobre los planos invisibles que desencadenan las fuerzas que se apoderan de mí. Y ahora, ya con Foucault, diremos que toda persona empieza a pensar en el límite, en esa línea que mezcla lo que de mi interior busca salir y lo que del exterior se deposita en mí. Y ahí es donde comienza mi indelegable trabajo de discernir, no sólo qué hacen conmigo, sino qué hago yo con lo que me rodea y conmigo mismo.
¿Hay entonces un pensamiento incuestionable? Hay una línea en la que el pensamiento se levanta en su pureza, llegue hasta donde llegue caminando con pasos firmes y métodos precisos. Los grandes maestros nos lo han legado. Pensar es animarse a inventar, pero animarse a inventar en la soledad de la visión de mí mismo, para conquistar un método, delimitando planos y creando conceptos o figuras de alta potencia de vibración y conexión para abarcar parte de los acontecimientos que se desencadenan en la vida, en mi vida.
Todo pensamiento se desliza gracias a conceptos. Estos conceptos son pequeños campos de vibración que tienen la potencia de abrir interminables procesos de pregunta y búsqueda. El concepto más vivo es siempre aquel que tiene movimiento, que me invita al viaje de la sensación y el conocimiento. El pensamiento, tome la forma que tome, debe tener la potencia de inferir lo abierto, lo que no está, lo que se ha escapado de él, lo que insiste en pasar por él y por ello me sacude, me desafía, me descoloca en cualquier situación. El pensamiento está encarnado en la vida, late en mi entorno y está preparado para nacer de las situaciones concretas de la vida, si yo sé tomarlas con discernimiento y visión.
Cuando nos acercamos al conocimiento, somos usualmente tramposos. Traemos las respuestas que quisiéramos hallar y nos apuramos a la hora de sostener procedimientos para llegar a puntos sustentables. Por eso es que aprendemos tan poco. Vamos tan programados a aprender algo preciso que ya delimitamos y coartamos a vuelo de pájaro con dos o tres elementos, el proceso que hay que pasar para aprender. Cuando el rumbo no está claro, cuando no se sabe de antemano qué va a suceder, hay que soportar el contacto con nuestra ignorancia y sostenernos en silencio para que se despierte la atención y la disciplina. Nunca se sabe qué caminos se atraviesan cuando transitamos un proceso de verdadero aprendizaje. Ningún sentido es previo al instante de la experiencia, ni existen dos alumnos que aprendan lo mismo de la misma lección de un mismo maestro.
El trabajo es intentar tolerar la vibración de variados planos del ser, sin confundirse con la vibración de nuestras emociones inmediatas. Cuando una persona comienza a ver y a sentir la apertura de algún plano del ser, esa vibración genera tal ansiedad que suele haber un retraimiento abrupto o un entusiasta apuro, dado por una falta de entrenamiento, y que termina cerrando el proceso o confundiendo el camino que iban marcando las huellas. Lo que debería producirse en el interior y visceralmente, se conceptualiza o destierra por estados de bloqueo y cierre. Adquirir un plano mayor de vibración, de visión, de entendimiento, de concepto, requiere de la paciente espera que todo proceso de aprendizaje conlleva.
Es sólo eso, esperar y esperar, pues hay un campo de fuerzas que asiste a la espera. ¿Cómo se espera? En principio, los orientales nos legaron el arte de la respiración conciente, para serenar las turbulencias de la mente. Si esperamos, confiamos en que las fuerzas nos asistan y se auto-organicen para ofrecernos una comprensión mayor. Si las personas hacen movimientos al ritmo correcto las fuerzas asisten al proceso y uno, allí, espera con atención y percepción. Tolerando, respirando con corrección.
“No es débil o esclavo la persona menos fuerte, es débil aquel que, tenga la fuerza que tenga, queda toda su vida separado de lo que pudo ser”. Hay un máximo desafío en esta frase de Deleuze y un problema sostenido a lo largo de nuestras vidas. No hay persona a la que esta frase deje inmune. Todos los seres humanos estamos preparados para llegar a nuestro mayor despliegue, con todo lo que traemos de saludable y de accidentado. En nosotros está el avance, el despliegue en todas sus formas, desde lo biológico hasta lo psicológico. Todo el despliegue de mi potencia empieza por acercarme cada vez más a mayores grados de verdad en mí y en lo que me rodea. Si el despliegue se realiza desde el trabajo con las fuerzas de mi potencia, llevará plenitud, verdad, autenticidad y garra a mi vida. Si el despliegue es falseado y no se realiza desde el interior de mis fuerzas sino desde una sed de sentirme potente en virtud de lo que me rodea, llevará a mi decadencia, a mi mentira y a mi debilidad. Son caminos a tomar.
“No son los individuos los que construyen el mundo, sino mundos envueltos los que hacen a los individuos”. Cada uno de nosotros es movido por fuerzas que toman la forma del plano con el que nos conectamos. Lo primero que tengo que empezar a saber es ¿qué fuerza me mueve? Y saberlo, ¿es para cambiarla? No necesariamente. Sí para asumirla; ya con eso obstaculizo mucho menos a mí alrededor. Existen leyes de composición y descomposición de las relaciones, que determinan el paso a la existencia de los modos y de los atributos que nos hacen ser lo que somos.
No es terrible el tirano, porque si es tirano y cuida su tiranía abiertamente, me hace ver qué fuerza tendría que utilizar para moverme y actuar frente a lo que me doblega de él. Vivo un drama con un tirano, pero es un drama trazado frente a mis ojos, si decido verlo. Destruye lo que no se asume, destruye el tirano escondido y el inocente pasivo.
Es una tarea indelegable de cada persona asumir las fuerzas que lo poseen y después encauzarlas. Todos debemos asumir las fuerzas que nos llevan. Solemos estar muy defendidos y entrenados para no asumir y para cerrar los ojos ante el dolor que provocamos a quienes decimos amar. Tenemos también en nuestra cultura la oferta de variados trajes que nos permiten decir: “no me di cuenta”, “no sabía”, “me olvidé”, “no lo voy a volver hacer”, “yo no lo he visto”, “no puedo hacer nada”. Enviamos mucho de lo que no nos gusta hacia afuera, hacemos la vista gorda espe-rando que nunca suceda nada que nos perturbe, como si no quisiéramos darnos por enterados de que se trata profunda y radicalmente de llegar a ser lo que se es, de llegar a ofrecer verdad, en el viaje hacia el interior de nuestro carácter. Ayudar a liberar de mi negatividad a quienes amo ya es comenzar a amar.
Pero sucede que sólo es posible pensar, sólo se vuelve pensable lo que un contexto dado, lo que una cultura permite como imagen establecida del pensamiento en una época. Es muy raro que los seres humanos puedan con sus visiones estar lejos de lo que una cultura permite que se vea y que se sienta.
Sólo es enunciable lo que el zócalo de una época permite que se enuncie. Lo que se aparta del zócalo es destruido, o rechazado, o denigrado. La paradoja es tal, que al mismo tiempo vivimos y avanzamos, si es que avanzamos, gracias a aquellos artistas sobrevivientes que toleran gritar una verdad hacia un futuro, siempre arrojados del zócalo.
¿Qué fuerzas se apoderan del pensamiento de una época? Las fuerzas cautivas en el poder vigente. Nuestra mente tiene un gran espacio ocupado por el poder de una época, que toma el pensamiento y nos indica qué se piensa, hasta dónde se piensa, qué se hace y qué no se hace, cómo se vive, cómo no se vive, lo que está bien, lo que está mal en los días en que nos toca vivir. Impotentes y uniformados caminamos con pereza a adquirir nuevos uniformes y slogans que retiran cada vez mayor potencia de nosotros, para tejer una vida más plena, generosa y vivible para todos. 
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