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¿Por qué Deleuze? En medio de un campo de fuerzas
 

Extractos de: "Un Viaje hacia el Espíritu". Un mapa a trazar.

Empecemos por vernos en un gran mapa, comencemos por situarnos. Existen dos grandes campos compenetrados en la vida humana. Hay un campo, que es el campo de inmanencia, ahí donde todo está para ser traído, y yo también estoy ahí para ser traída. Hay otro campo que es de trascendencia, donde yo escribo y usted lee, como diría Borges, donde estamos aquí, ya traídos. Lo que cada uno de nosotros tiene, acá y ahora, es una parte de la potencia de lo que somos. La otra parte está allá, está acá, está ahí, está aquí, está en el Ser, donde también estoy. Todo sería parte de la misma fuente, surcada por planos, que recogeremos luego de un lúcido trabajo de codificación sensible. Entre el cielo y la tierra nos tejemos en diversas dimensiones, en varios planos, haciendo cielo y tierra en nuestro interior.

Arrancamos pedazos de esa fuente y arrancamos desde nosotros la capacidad para tomar esa parte de la fuente. Se toman pedazos que se encarnan en nosotros y de éste modo cada uno actualiza de modo peculiar una parte de esa fuente. No es algo que esté al otro lado, ni encima, ni debajo, ni oculto e indescifrable: yo estoy allá y aquí también.

Soy un pequeño efecto de la totalidad del ser, debo buscarme todo el tiempo, aquí y allá, hasta reunirme una y mil veces, y jamás de una sola vez y para siempre. Hay un gran magma que me rodea y en el que estoy materializada de tal modo que digo: “acá, en esta coordenada espacio-tiempo, soy yo”. Pero mi potencia no está en lo que es visible de mí; debo constantemente conquistarla, pero no porque esté reflejada en algún otro mundo, lejos de mi mundo pues no es copia ni reflejo. Todo está dentro de mí y fuera de mí a la vez, pero debo encontrarme por todos los mundos en donde me voy produciendo, en donde me fui perdiendo, en donde me fui desdoblando. Debo reunirme para no traicionarme, para no desperdiciarme.

Tenemos ideas, y debemos generarlas con todas nuestras fuerzas, pero sabemos que toda idea, todo concepto es algo que delimitamos y traemos a la existencia; que también las ideas se evaden todo el tiempo, se insinúan dejando abierta una grieta que indica una ausencia que hay que conquistar, un ir por algo más de modo permanente. Lo que es, lo es en forma de magma. Es inmanente porque es virtual, incide pero no se ve, insiste pero no se sabe.

¿Dónde se encuentra para cada ser humano su salud, su potencia? En la conquista cada vez mayor de ese magma, sin aniquilarse. Escuchamos música, nos movemos dentro de la música: ¿de dónde viene? ¿Dónde se configura la combinatoria de las notas? ¿Qué puedo tener yo si como músico sé acceder al código de la música? Notas, pero en determinada combinatoria. Yo creo un terreno propicio, eso depende de mi decisión y de mi capacidad; pero la música se produce a través mío, siempre que sepa entrar en ella para producir las condiciones aquí y desde mí.

Los términos que utilizamos ahora no son seguramente exactos. Deleuze decía: “siempre usamos palabras inexactas para orientarnos en cosas exactas”. Nunca algo está abarcado en lo que decimos. Usamos palabras para orientarnos, no sabemos si las palabras “baja” o “sube”, “adentro” o “afuera”, “entrar” o “salir” son exactas: simplemente nos orientan. Lo cual es bastante.

¿Por qué la persona que entra en la música, cuanto más entra y más se abren ante ella campos sensibles, suele recoger sensaciones de límite, a veces crisis y estados de suma fragilidad? Usted viaja con la música, se inquieta a veces, se emociona otras. ¿Por qué sucederá eso? Porque la música está atravesada por diferentes planos de vida, diferentes planos de vibración que es necesario cruzar hasta llegar a ella. Y cada plano es como la diversidad de cada territorio, está pleno de emociones, fantasmas, recuerdos y lagunas. Avanza una ruta y vamos avanzando en sus geografías, sus climas, sus miedos, sus historias acumuladas, sus detenciones, sus salidas más veloces, sus atascamientos, sus bellezas y sus fealdades.

Al entrar en un plano del magma para ir a una inteligencia mayor, a una sensibilidad mayor, para ir hacia el espíritu que me busca mientras vivo, cada uno atraviesa todos los mundos que debe atravesar para conquistar ese plano y conquistarse en él. Así es como una persona más se atormenta si tiene que pasar tormentos, más se apena si tiene que atravesar penas, más rígida se pone si tiene que atravesar la rigidez. Depende de lo que se tenga que pasar, y eso no se sabe de antemano. Se sabe mientras se va entrando: no hay garantías ni llegadas seguras, se ve en el camino la ruta, y a cada momento la naturaleza de esa ruta. Hay un plano que es inmanente y hay otro plano que es trascendente. Lo que es actual y lo que es virtual. Lo que aparece en un plano y lo que está oculto a la visión en otro.

¿Cómo son las relaciones entre lo que se ve y lo que no se ve, entre lo invisible y lo visible? Complejas. Y es para formar ese tejido que quisiera ser de utilidad este trabajo. Hay infinidad de mundos fuera de mi campo de visibilidad; una música maravillosa no es visible. ¿Pero la música maravillosa está? Sí, para los que puedan hallarla. Una figura maravillosa está, aunque no sepamos verla. ¿Para quién está? Para el que pueda vislumbrarla, al borde, en esa zona en la que se está produciendo todo el tiempo. ¿De qué depende verla? De la agudeza de penetración en nichos que aparecen vacíos para la visión ordinaria, a los que llegamos por medio de una ráfaga de percepción, de conocimiento, de audición, de intuición y también de equilibrio certero.

En estos tiempos sobre todo, donde todo parece cerrarse, algunos buscamos destellos del ser con todas las fuerzas. Pero el ser no es una esencia pura que me esté esperando al final de mi viaje; el ser emerge prisionero, yo soy una prisión del ser y, más que buscarlo, debería comenzar por encontrar la llave para abrir mis prisiones.

El ser emerge atrapado por fuerzas que se condensan para asirlo y para desdibujarlo. Late como fondo o paralelo al ruido de la personalidad que teje la coraza de las defensas que mal usaré para llevar la vida, pero cada día se lo oye murmurar en las hendijas que toda coraza abre. ¿El ser está ahí? Sí y no. Hay que buscarlo en el medio de un campo de fuerzas, pero esas fuerzas ya están relacionadas con el ser. La subjetividad deleuziana siempre está produciéndose en nosotros, haciéndose y deshaciéndose, tomando máscaras, soltando gestos, liberando amarras, tejiendo cárceles, todo en el medio del magma de la vida, que como un manantial se ofrece a la calidad de las vasijas que quieran tomarlo.

El sujeto, para Deleuze, es una construcción de alta inestabilidad, que se sucede diariamente. Tan solo la costumbre de decir “Yo” le hace creer que no se está produciendo, que ya está hecho y que tan solo se reproduce. La vida es un permanente movimiento, pero nosotros nos refugiamos en tratar de lograr efectos de movimiento, creando oscilaciones con nuestras permanencias, con nuestros esquemas o con nuestros hábitos, como engañando los movimientos de la vida. Hacemos el movimiento de la ola pero la vemos parados en la orilla.

¿Qué es lo que más cuesta? Romper la inercia. Buscamos seguridades sobre el aire, en lugar de pilotear. Como no soportamos el movimiento lo imaginamos, y nos volvemos muy lentos para aprender a deslizarnos en él.

¿El ser humano no tiene libertad? Sí, pero no es habitual que la tolere. Tenemos dificultades en vernos como efecto de coyunturas, dificultades por no saber asumir de qué somos efecto y hacia dónde decidiremos ir.

Con la ayuda del pensamiento de Deleuze y su horror a lo sedentario nos adentraremos en estos temas, iniciaremos un viaje, abriremos una puerta, romperemos una cáscara y facilitaremos que por una hendija se cuele algo del espíritu que roce a uno, a dos, a algunos. Deleuze tiene la potencia para hacerlo, yo espero tan sólo saber conducir hasta sus puertas.

El periodista Roger-Pol Droit describe a Deleuze como rebelde a las clasificaciones, móvil, múltiple, que estuvo constantemente fuera de todos los grupos, apenas llegó a una escuela se fue, apenas tocó una universidad se fue, siempre estuvo entre las corrientes, en una libertad perpetua, fue un pensador indómito invariablemente donde lo definían surgía en otra parte, apenas le ponían una etiqueta ya se lo oía reír en otro lugar, su obra es insólita y desconcertante, ¿es dispar? Sí, pero jamás dispersa, se dedicó toda su vida a volverse múltiple permaneciendo único, fue siempre un mismo escritor. De máscara en máscara, de libro en libro, su pensamiento no dejó de perseguir con una resistencia y una potencia poco comunes una de las grandes cuestiones claves de nuestro siglo: ¿cómo inventar movimientos que nos permitan salir de los bordes? ¿Cómo captar lo que se mueve, lo que se inventa, lo que se desliza, lo que puede surgir, la forma nueva que puede venir? Todos los interrogantes sobre Deleuze se pueden remitir a una fuente en común ¿cómo se puede ser filósofo después de Nietzsche? Deleuze lo logró. El sin vacilaciones y con todos los riesgos siempre siguió avanzando, inventó una vez más la filosofía, cuando verdad, sujeto, soberanía de la razón y otras armas consideradas indispensables desde Platón hasta Hegel estaban inutilizables. Deleuze pretendió ser filósofo a pesar de todo. Decíamos que Deleuze tenía tres rostros: el primer rostro el de profesor, sumamente estricto, dedicado de una manera rigurosa y exhaustiva a los grandes filósofos que eran llamativamente los marginales de una época. Siempre se infiltró, el profesor, en todas sus clases para sembrar desórdenes, combates y confusiones. El segundo retrato que tenemos de Deleuze fue él como creador, inventó conceptos, fabricó nociones, unió lo que nunca se podía unir, mezclaba la literatura con el arte, con la física, con la ciencia. Siempre siguió fiel a una lección de Nietzsche: en ninguna parte la verdad está para ser descubierta, la verdad depende del deseo de encontrarla. Todos los movimientos son oscuros, nunca hay que llegar, siempre hay que acompañar los movimientos tratar de hacerlos existir, seguir, y cuando un movimiento se cierre ver por dónde puedo continuar de otra manera. El tercer Deleuze ha sido el Deleuze sabio, sin mármol ni toga, sabio para todos los tiempos, fue místico, ateo, mago, trovador de vidas, abridor de libertades, un gran iniciador, por él caminaba una muchedumbre solitaria que siempre se alejaba de los modelos. En su tumba hay dos frases de Nietzsche. Una habla de Leibniz: “Temerario y en si misterioso hasta el extremo”. La otra habla de los griegos: “superficiales... por profundidad”


Y termina su artículo periodístico diciendo:

Hay que agradecer a Deleuze por haber dicho tan bien que la filosofía es una cosa de creación ante la historia de textos, por haber recordado su papel, construir su sistema, forjar siempre nuevos conceptos, por haber subrayado que ese trabajo se realiza sobre un fondo de oscuridad (“el pensamiento no es cosa de teoría”). En una época seca, reactiva, manipuladora, donde la inflación de los discursos prefabricados estira los cerebros, Deleuze incitó a que cada uno se atreviera a seguir sus caminos secretos. Sus libros mostraron la fuerza de las soledades. La universidad se hizo la que no sabía que era uno de los grandes. Los poderes siguen fingiendo que lo ignoran. Está bien: mal se lo vería cargado de honores. Basta con que al leerlo uno se sienta menos temeroso. Con Deleuze, la risa del filósofo volvió a pro-rrumpir. Hay que celebrar tales alegrías.

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